El gasto militar de los países no ha hecho otra cosa más que crecer en las últimas décadas. El flujo de exportaciones e importaciones de armas había bajado entre 1980 y el año 2000, pero después ha crecido de forma continuada, según los datos que aporta el Instituto de Investigaciones por la Paz de Estocolmo. Cada vez se destinan más presupuestos y más recursos a la fabricación y la adquisición de armas y, no nos engañemos, ya se hacía mucho antes de la guerra de Ucrania. Pero lo que ahora estamos viviendo es un formidable impulso a la carrera armamentista.
Ese constante incremento del militarismo y el impulso que ahora se le quiere dar esconden un pavoroso desprecio a la emergencia climática. Se le dedican ingentes cantidades de dinero que deberían están invirtiéndose en la transición ecológica y se gastan enormes cantidades de recursos, como los metales críticos, que tenderán a agotarse y deberían reservarse para las tecnologías verdes. Por no hablar del gasto en combustible que suponen los ejércitos y de las emisiones de gases de efecto invernadero que ello conlleva. Unas emisiones que, por cierto, los gobiernos se empeñan en no incluir en sus compromisos de reducción. ¡Como si no existieran!
El auge de la industria militar retrae recursos de la acción climática por varias vías. Por ejemplo, como ha explicado el Centre Delàs, atrae a ingenieros e investigadores que dejan otros sectores como el de las tecnologías verdes, o resta dinero a los proyectos de I+D relacionados con el clima porque aumenta el que va a parar a la investigación armamentista. Pero aquí quiero resaltar el impacto que tiene sobre los metales críticos utilizados para la transición energética. La energía eólica requiere el uso de imanes permanentes y utiliza metales como neodimio, disprosio y praseodimio, del grupo de las tierras raras. La energía solar también necesita metales que no son abundantes, como la plata, el cadmio, el telurio, el indio, el selenio y el galio. La electrificación a gran escala requiere mucho cobre. Además, si está basada en energías renovables, necesita formas de almacenamiento de la electricidad. La principal de ellas son las baterías, y un amplio desarrollo de estas también implica una alta demanda de ciertos metales y semimetales como el cobalto, el litio y el grafito, y de otros como el manganeso y el níquel. La producción de hidrógeno verde es otra forma de almacenamiento de electricidad, pero igualmente requiere metales, como el níquel, el platino, el paladio o el iridio.
Pues bien, muchos de los metales que requieren las tecnologías verdes son los mismos que demanda la industria armamentista. Tal es el caso del cobre, necesario para el cableado eléctrico y la fabricación de radares y sistemas de comunicación; el níquel, para las aleaciones de los motores de aviones; el cobalto, para baterías y blindajes; el litio, para sistemas electrónicos y drones; o las tierras raras, para los motores eléctricos.
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